“Hemos sido una máquina durante ocho años, cada tres días”, dijo Pep Guardiola, sereno y sonriente este martes en la majestuosa sala de conferencias del nuevo Bernabéu. “¡Nadie en Inglaterra hizo algo así! Últimamente no hemos sido solventes, pero yo sé de lo que somos capaces. Nos ha faltado el mejor jugador del mundo [Rodri]. ¿Sin Messi hubiéramos conseguido lo que conseguimos con el Barça? Probablemente no… Cada vez que tuve problemas en mi carrera, siempre di con la tecla. Este año no. Sé lo que hemos sido capaces de hacer y a un partido todo es posible. A ver si mañana podemos darle la vuelta”.
La víspera de disputar el pase a octavos de la Champions en el Bernabéu obligado a levantar el 2-3 de la ida, el entrenador del Manchester City convive con un dilema que le atormenta. Constructor de los equipos que movieron el balón a mayor velocidad en la historia del fútbol, en los últimos meses Guardiola experimentó una revelación. Se convenció de que para sortear la peor crisis de resultados y juego de su carrera, el camino que debía seguir su equipo le imponía ralentizar el ritmo de circulación. Bajo la premisa de que la lesión de Rodri los debilitaba, razonó de forma intuitiva. A menor velocidad en la secuencia de pases, menos riesgo de perder la pelota y menos problemas defensivos. Inspirado en esta lógica lineal, intentó persuadir a sus futbolistas de que solo en momentos puntuales podrían acelerar hacia el campo contrario.
“Tenemos que cuidar el balón”, es la consigna que Guardiola ha transmitido a su plantilla. Con fervor creciente pero —hasta ahora— sin más consecuencia que una especie de parálisis en futbolistas como Foden, Akanji, Nunes, Kovacic, Gvardiol, Gundogan o incluso De Bruyne, cada vez más indecisos ante la disyuntiva de si asegurar la pelota o ser verticales con ella. Contra rivales de entidad el efecto estabilizador ha sido nulo en la racha más árida de los 17 años de Guardiola en los banquillos. Especialmente fuera de casa.
Desde septiembre, cada vez que el City salió de casa para enfrentar a un adversario más o menos poderoso, el viaje acabó mal. El Arsenal lo goleó (5-1), el PSG apenas le permitió un 36% de posesión antes de golearlo (4-2), empató ante el modesto Brentford (2-2), le fue mal contra el Aston Villa (2-1), la Juventus rompió su mala racha ese día (2-0), el Liverpool le dio un repaso (2-0), el Sporting de Lisboa le endosó una paliza sin precedentes (4-1), Iraola le dio una lección de coraje en Bournemouth (2-1), y fue superado por el Tottenham en la Copa de la Liga (2-1).
La estrategia preventiva de circulación lenta solo produjo cinco victorias fuera de casa. Ipswich (0-6) y Leicester (0-2), tercero y segundo por la cola de la Premier, Wolverhampton (1-2), Slovan de Bratislava (0-4) en la Champions, y Leyton Orient (1-2) en la Copa inglesa.
“El problema es que no sabemos descansar con el balón”, lamentó Guardiola la semana pasada, asombrado de que sus hombres no atinen a interpretar las circunstancias idóneas para frenar el ritmo y especular o para buscar la profundidad. “En nuestros mejores momentos éramos capaces de hacer secuencias de 20, 25 o 30 pases. Ahora somos incapaces de hacerlo”.
“Tenemos que ser valientes”, dijo Guardiola este martes, “el resultado de la ida nos obliga a salir a ganar y a meter goles. Según pasan los días me siento más optimista. Pero necesitaremos jugar un partido casi perfecto”.
Llegado el día de los resultados irrevocables, el dilema sigue presente. Pesado como una tonelada en la conciencia de cada jugador del City. Lo advirtió Bernardo Silva. Si arriesgan y aceleran el ritmo de las combinaciones, el partido casi imperfecto puede estropearse con una pérdida. Si no arriesgan, el Madrid tendrá la eliminatoria en bandeja.
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Source: elpais.com